No tomé la moneda. Quiero que quede claro, para lo que sigue: no tomé la moneda, e Inês volvió a guardársela en el bolsillo sin comentarios, como se guarda un cuchillo que no ha hecho falta usar.
“Los otros nueve levantamientos”, dijo. “Mañana, a las ocho, Largo das Portas do Sol. Traiga con qué dibujar de pie”.
Los otros nueve lugares eran casas. Casas corrientes, habitadas, con plantas en las ventanas y niños que gritaban en las escaleras. En cada una, una habitación que solo me enseñaban a mí: un dormitorio, un trastero, un rincón de desván. Y en cada habitación, una persona que no se movía.