Pieza n.º 1 — Acta de inventario
La caja 4417 pesa once kilos doscientos. Lo sé porque las peso todas: es la primera línea del formulario, antes incluso del número. La dirección quiere cifras; yo quiero saber cuánto pesan dieciséis años de silencio cuando una los levanta.
Maëlle Verrier. Veintitrés años. Estudiante de farmacia. Subió al tren nocturno 5741 en la estación de París-Bercy el 14 de noviembre de 2009 a las 22:52, coche 14, litera 63. Nunca bajó en Lyon-Perrache.
Eso es todo lo que dice la portada. El resto está dentro, y el resto ya no debería interesarle a nadie.
La caja contiene:
Un expediente de investigación de 412 páginas, sujeto con tres gomas elásticas, una de ellas rota. Treinta y seis fotografías. Una lista de pasajeros, con veintidós nombres subrayados en amarillo y uno solo en rosa. Un billete de tren. Un tique de fotomatón. Una memoria USB (2 GB, ilegible, rotulada “cámara andén 3 — vacía”). Y el inventario de pruebas, en el que figura, en la posición 7:
Maleta de cabina, tela azul marino, marca ilegible, sin etiqueta de equipaje. Contenido: véase anexo C.
No hay anexo C.
No hay maleta.
Lo releí dos veces. Di la vuelta a la caja, sacudí las gomas, comprobé que el anexo no estuviera pegado al fondo por dieciséis años de humedad. Nada. La maleta había existido lo bastante para quedar registrada, y luego había dejado de existir.
Pasa. Los precintos se pierden, los anexos se sueltan, la gente se jubila con cajas en el maletero. Lo sé. También relleno un formulario para eso.
Lo que no pasa es lo que encontré en la página 388 del expediente, entre dos declaraciones de revisores.
Una hoja doblada en cuatro. Papel blanco, cuadriculado, sin amarillear. Tinta negra, sin desvaír. Una letra redonda, aplicada, casi infantil, que no conocía.
Bajó en Dijon. Miren la foto 19. Y dejen de pesar las cajas.
Fechada el 3 de septiembre. De este año. La semana pasada.
Miré la puerta de la sala de archivos. Cerrada. Miré la cámara de encima. Roja. Miré mis manos sobre el formulario, y en la casilla “Observaciones” escribí la primera frase honesta de mi carrera:
Alguien vino antes que yo.